En Defensa Propia

Eric Goyo

Si cada uno de nosotros somos un diseño único e irrepetible de la gran inteligencia universal responsable de toda la creación, ¿por qué preferimos la comodidad de soluciones estandarizadas que no se ajustan a nuestras particularidades?

Poner dentro de la página en blanco estas reflexiones que han invernado en mí durante tanto tiempo, requirió la solicitud de quien intuitivamente supo que a estas palabras les había llegado su momento. Lo demás fue dejarme seducir por los argumentos que sustentan mi proceso de renovación personal e impulsan mis ganas de servir al próximo… perdón, al prójimo.

Honrar el acuerdo de colocar juntos algunas piezas de nuestro común rompecabezas me resulta tan esencial como respirar, el primer y vital acto en defensa propia que llevamos a cabo a lo largo de toda nuestra existencia.

Compartir información dirigida a generar reflexión, que primero se transformará en conocimiento y luego en sabiduría, es mi leitmotiv. He aprendido algunas cosas que puedo enseñar, pero reconozco la existencia de otras que aún me cuesta comunicar. Por su naturaleza, creo que algunas de esas cosas solo pueden ser aprendidas por cuenta propia a través de medios que para muchos, escapan a la comprensión humana.

Al compartir lo que sé, he comprobado lo que decía Joseph Joubert cuando afirmaba que enseñar es aprender dos veces. Si la mejor forma de aprender algo es enseñarlo a otros, no sorprende que enseñar sea el camino más expedito hacia la autorrealización. No obstante, aprender y enseñar no es suficiente. Los límites que por diseño impone al aprendizaje el condicionamiento cultural que regula —más allá de lo imaginado— la forma en la que nos relacionamos con todo lo que nos rodea, son superables siempre que podamos verlos desde afuera de la matriz que los genera. Este último detalle importa, y mucho.

De allí lo esencial que resulta desarrollar métodos para inspirar a otros a descubrir por sí mismos lo que solo ellos, con sus propios recursos, pueden aprender y convertir en sabiduría. De esta manera pueden compensarse las deficiencias del actual modelo educativo, que pretende evitar nuestro naufragio cuando toca salir a navegar en aguas turbulentas.

Aportar a la causa de otros es la mejor manera de sumar a la propia. Dado que todo es susceptible de ser mejorado, insistir en el hacer nos brinda la oportunidad de conseguir formas más efectivas de incrementar nuestras capacidades y con ello, es mucho lo que se gana. Pero lo más destacable y enriquecedor del noble acto de administrar información, conocimiento y sabiduría en favor de otros, tiene que ver con la simbiosis que se establece entre los involucrados, como parte de la alternancia de roles entre discípulos y maestros que inexorablemente acontece dentro de este tipo de dinámicas relacionales.

Desde mi perspectiva, este hecho es la expresión de la sincronicidad que se deriva del propósito mayor de los intervinientes, al crearse un flujo bidireccional que caracteriza a este tipo de intercambios. No tengo la menor duda de que para quienes impartimos y compartimos conocimiento, interactuar con otras realidades personales se transforma en la oportunidad más directa y efectiva para enfrentar nuestros «asuntos no resueltos». Y me refiero específicamente a todos los temas relacionados con el manejo de nuestra emocionalidad.

Creo firmemente en que el acompañamiento que le brindamos a nuestros «pares» para que desarrollen el método que les permitirá atender sus asuntos no resueltos, representa nuestra mejor oportunidad de construir el método con el que debemos atender los propios. Para explicarme mejor debo retomar una de mis banderas: la convicción de que somos seres espirituales teniendo una experiencia emocional, diseñada para que su manejo sea complementado con el uso de la razón y el intelecto.

Acercarnos a nuestros semejantes desde esta perspectiva nos enseña a hilar fino dentro del proceso de coser progresivamente el manto con el cual —a veces hasta sin notarlo— nos vamos cubriendo a medida que avanzamos por nuestros propios senderos.

Así, contribuir a particularizar el método de otros se convierte en la mejor ocasión para proseguir con la construcción del nuestro. Esta oportunidad nos la brindan principalmente las personas con las que establecemos algún tipo de intimidad. Nuestro método proviene entonces de los patrones de costura más significativos que hemos empleado para confeccionar los trajes de nuestros acompañados-acompañantes.

Todo lo expuesto explica el cuidado que he puesto en no replicar mi propio método. También justifica el cuestionamiento que hago a aquellas propuestas que, en el terreno del crecimiento interior, pretenden atribuirse una validez universal.

Sin duda hay otras áreas del quehacer humano que demandan el desarrollo y la aplicación de métodos que permitan compartir e impartir atinadamente cierto tipo de conocimientos y experticias. Pero cuando el método desarrollado para servir a otros no es auto-aplicable, lo prudente es volver la mirada hacia los motivos por los que decidimos acompañar a nuestros acompañados, ya que ellos, en sí mismos, son el método.

Conviene compartir nuestros dones porque somos los principales beneficiarios de este hecho. Nadie saca más provecho de ese intercambio que el que da, aunque ni siquiera lo sospeche. Es la mejor opción no solo para refrescar y consolidar lo sabido, sino para descubrir y adquirir nuevas perspectivas.

Pero lo verdaderamente relevante es lo que hay detrás de cada historia que se amalgama temporalmente con la nuestra. Después de respirar —como dije al principio— apoyar al prójimo es nuestro más valioso acto de defensa propia. No hay azar en la escogencia de nuestros compañeros de travesía y cada uno de ellos son la evidencia de que el conocimiento compartido, más que una enseñanza, es un recordatorio.

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