El Obscuro deseo de Ser Víctima

Eric Goyo

Los vínculos entre causas y efectos no siempre están a la vista. El caso venezolano exige el uso de la lupa para conocer primero y entender después, por qué hemos permitido que la alienación, la violencia, el abuso y los excesos se hayan apoderado de casi todos los espacios de la vida pública.

El tránsito de la monarquía a la republica en Venezuela se ha hecho lento, pesado e interminable. Haber privado históricamente de educación a un numeroso contingente de la población nos ha costado tener que asumir el precio que paga quien no tiene más referente en su vida que la pobreza. Una vez más, los pescadores inescrupulosos del siglo XXI sacan provecho en este rio revuelto, tejiendo sus redes con renovadas prácticas absolutistas que creíamos superadas, para reeditar el reinado del oscurantismo sobre nuestra nación.

Con abyecta premeditación, se ha colocado un pesado grillo en los pies de los más vulnerables mientras se les confina de por vida a los calabozos de la ignorancia y la carencia sin fórmula de juicio, solo para satisfacer las apetencias personalistas de los jerarcas de turno. Los pobres de solemnidad se han convertido, pues, en las principales víctimas de la bajeza y la precariedad espiritual de aquellos que, con sus acciones y omisiones, contribuyen descaradamente al aumento desproporcionado de la segregación y marginalización de la población.

La sed desmedida de poder y los abusos cometidos durante su ejercicio, muestran la fragilidad de nuestra endeble estructura nacional. Desde el fondo de unas aguas estancadas, han salido a flote las carencias afectivas y las lealtades a nuestras figuras de autoridad, siendo secuestrados por el mismo modelo de sumisión que aún sigue vigente en muchos de nuestros hogares.

Cuando el ser humano se encuentra sometido a sobresaltos que afectan su emocionalidad de manera constante, el contacto con la realidad se desvirtúa. Entonces, debe apelar a todos los recursos que le permita iniciar el llamado «proceso de elaboración psíquica» que le llevará a restaurar el equilibrio perdido.

Hemos visto como la pugnacidad ha escalado gradualmente, incrementándose con ello las huellas del maltrato psicológico. Confrontar la realidad lacerante desencadena —tanto en las víctimas como en sus victimarios— una gran inestabilidad emocional producida por la sorpresa y el desconcierto de tener que manejar una situación abrumadora que no han elegido conscientemente.

La incesante repetición de un trauma difícil de asimilar, activa el modo supervivencia en la víctima, enajenándola mentalmente y condenándola a hurgar una y otra vez en las experiencias adaptativas del pasado. De esta manera se le priva de su presente, al tener que emplear la mayor parte de su energía en sublimar los eventos desagradables que parecieran imponerle sus victimarios, enturbiando con ellos la visión de un futuro más auspicioso.

Los efectos de la desestabilización perpetrada en contra de las mayorías también terminan afectando a sus depredadores, quienes también desconectados de la realidad, incrementan sus cuotas de insanidad mental con abusos cada vez más atroces en contra de la dignidad de sus indefensas presas. Pero la diferencia está en los resultados. Mientras las ejecutorias de los victimarios los envilece, las víctimas acaban flageladas por el látigo de su inconsciencia. Sin embargo, a ambos actores les toca convivir con esta realidad traumatizante, sabiendo que algo, para mal y para bien, les ha cambiado la vida.

La seguridad se les ha convertido en una memoria que languidece rápidamente, pues en un ambiente donde todo cambia de forma acelerada, ninguno sabe en quién confiar. Ambos se desgastan física y mentalmente buscando ese mínimo de tranquilidad que les permita seguir adelante con sus vidas, presas de un desasosiego en el que la cordura se ha convertido en un privilegio.

En medio de tanta vulnerabilidad, víctimas y victimarios deben afrontar su nueva realidad con una resignación desesperanzadora, ahora que están sometidos a los designios de quienes los controlan. Solo así pueden escapar de formas de violencia menos asimilables. El riesgo de ser estigmatizados socialmente, o excluidos de las recompensas que reciben por su obediencia y lealtad, juega un papel importante como mecanismo de intimidación.

A simple vista y mientras las víctimas se resignan, los victimarios parecen extender los tentáculos de su ambición infinita. No obstante, cuando alguien no sabe cómo dar a sus experiencias un significado que le permita salir bien librado de las dificultades que enfrenta, termina entrampado en innumerables mecanismos subliminales de distracción o negación de su realidad más inmediata, alejando involuntariamente de su recuerdo las imágenes y sensaciones que lo vinculan con la realidad de la cual quisiera escapar.

De esa manera, la víctima no ve otra salida sino postergar consciente o inconscientemente, las gratificaciones asociadas con sus sueños más preciados, sometiendo su alma a un ayuno forzoso en el que el deseo de mantenerse con vida se transforma en la brújula que guía su destino.

Tratamiento aparte merece el victimario. Sumergido en el mismo bucle vicioso, el precio de sus acciones es mucho más alto, ya que su vergonzosa prosperidad se convierte en un estigma social. El temor a ser reconocido como un crápula envuelve su vida en un halo de misterio, temor y secretismo, impregnando incluso sus relaciones más íntimas. Vive sobre el filo de la navaja, anticipándose a los movimientos de sus enemigos anónimos que, como chacales, lo acechan para devorarlo.

Ignorante de su disfuncionalidad, prefiere padecer los desoladores síntomas de esta neurosis antes que plantar cara a las consecuencias de su bajeza moral y espiritual. Es por ello que elude los mencionados procesos de elaboración psíquica que le evitarían naufragar en su propia tormenta emocional.

Para víctimas y victimarios, el devaluado sentido de su propia importancia les aconseja aferrarse a la enfermedad que padecen, en lugar de superar las limitaciones autoimpuestas. Eso nos convierte en una sociedad agonizante que amenaza con entrar en su fase terminal. Por descabellado que parezca, la cura de este cáncer social radica en que la víctima entienda que, una decisión que está en sus manos tomar, es el antídoto para poner fin a esta demente cadena de mando y obediencia impulsada por tanto resentimiento acumulado.

Cada víctima debe asumir la responsabilidad de su elección en este juego de exacerbar el estado de necesidad, aceptando que acordó participar en él, justamente por ignorar las consecuencias que tiene hasta la más trivial de las decisiones. A cada quien le toca modificar por cuenta propia, la vulneración emocional producida por este trauma en pleno desarrollo. Renunciar a tu rol de víctima es el más legítimo acto en defensa propia que puedes llevar a cabo, pero también el más desprendido acto de compasión hacia quien te tiraniza. Perdonar a quien te oprime es atender su grito desesperado de ayuda.

Mientras esta renovación no se lleve a cabo, los efectos de la experiencia traumática continuaran vigentes. Es el déficit de amor propio de la víctima lo que le permite al victimario —también autodesestimado— insistir en su práctica alienante para mantener a las masas sometidas y en un estado constante de evasión y negación. El uso consciente de la conciencia es la cura más efectiva para sanar la enfermedad que nos aqueja. La principal razón por la cual, tanto la víctima como el victimario prefieren padecer que sanar tiene que ver con una poderosa creencia limitante expresada en el viejo refrán: es preferible malo conocido que bueno por conocer.

Sin embargo, intuitivamente ambos saben que no está bien consumir sus energías de la manera como lo hacen. En cada uno de ellos hay una profunda fuerza interior que puja por salir a la superficie, llamándolos a deslastrarse del pasado limitador que les impide disfrutar en el presente de todo su potencial.

El detalle es que ni la víctima ni el victimario saben cómo hacerla aflorar. Como individuos, intuimos que evadir la experiencia traumática no representa en modo alguno la solución para liberarnos del peso que nos agobia. Se requiere de un valor que, a menudo, solo surge del sufrimiento extremo.

Como individuos y como sociedad, debemos reunir el valor para atrevernos a dar el paso de intervenir en nuestros dolores psicológicos en aras de un verdadero bienestar que se sostenga por sí mismo y se incremente de forma constante, a medida que hacemos lo que se tiene que hacer.

Priorizar tu salud mental jamás podrá ser considerado un acto de egoísmo o deslealtad. Lo que debes hacer es elegirte a ti, en lugar del vínculo que te ata a una lealtad que está minando tu salud y depauperando tu porvenir de todas las maneras imaginables. La nueva elección es simple y hasta evidente: tienes la obligación de hacer por ti mismo lo que nadie vendrá a hacer por ti, simplemente porque no es posible; ya que nadie puede vivir tu vida por ti.

De la misma manera en que nadie puede comer por ti, ni ir al baño por ti, nadie puede ocuparse de tu salubridad emocional. Pero te tengo dos noticias: una mala y una buena: la mala es que eres tu propio captor. La buena es que tienes la llave de la celda en tus manos. ¿Qué esperas para introducirla en la cerradura y darle vuelta hacia el lado correcto?

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