Del Romance a la Convivencia sin pasar por la Conveniencia

Eric Goyo

El amor, más que una emoción, es la energía cuya memoria se conserva más allá de lo que se puede explicar por medio de la razón.
También es el vínculo que preserva intacta nuestra esencia, por más esfuerzos que hagamos en que lo fácil resulte tan complicado…

Las semillas para germinar este artículo fueron sembradas finalizando el invierno de este atípico año 2020. Pero solo fue hasta principios del otoño cuando llegó la musa que me ayudó a ordenar con suficiente pertinencia mis viejas y nuevas ideas acerca de las relaciones de pareja.

Navegar las profundas aguas de la intimidad que este tipo de relaciones implica, nos acerca al conocimiento de las más intensas y esclarecedoras emociones asociadas con nuestra condición de portadores de conciencia.

De todas las formas de vinculación que practicamos, la pareja clama por una renovación inmediata. El modelo vigente ha caducado, en buena parte debido al protagonismo que ocupan los viciosos juegos de poder practicados dentro de este tipo de relaciones.

Como consecuencia de nuestros déficits emocionales, la necesidad y el apego se combinan en dosis tóxicas, provocando que el que menos necesite lleve la ventaja, por ser menos vulnerable. Es una relación inversamente proporcional: a menor necesidad, mayor poder.

Abrazo la posibilidad de construir una relación de pareja basada en la camaradería y no en la dependencia. Aunque muchos confundimos el apego con la energía del amor, siempre estamos a una decisión de distancia para lograr que eso cambie. Sé que no es fácil pero sí factible, lo cual requiere recordar que siempre es posible ver y hacer las cosas de otra manera y que todo —absolutamente todo— es susceptible de ser mejorado.

Prestamos demasiada atención a la etapa del enamoramiento y a las fascinantes emanaciones hormonales producidas cuando nuestra frecuencia vibracional se armoniza con las de otra persona, desarrollando así una de nuestras más fuertes adicciones al placer.

Fenecido el romance, toca gestionar las divergencias para evitar que se transformen en frustración y resentimiento. El gran desafío consiste en construir una relación que responda a esta premisa, tan básica como obvia: la función de la pareja es acompañarse y cuidarse mutuamente.

Creo firmemente que el verdadero pegamento de la pareja es el respeto, ya que de él surge la admiración y por añadidura el amor desinteresado que anhelamos. El respeto —al igual que la confianza— no se decreta sino que se gana y además, debe ser recíproco. Dentro del complejo entramado de estos dos elementos reside el único poder para desarrollar relaciones productivas, nutritivas y gratificantes.

Confío en que la vida me ha de brindar la oportunidad de construir una relación de ese tipo. Sé que hay alguien dispuesta a transformar, junto conmigo, su vida en un laboratorio para experimentar infinitas formas de disfrutar intensamente de su compañía y que, como un acto de reciprocidad y una expresión de respeto y gratitud, su disfrute de la mía alcance la misma fuerza.

Mantener el dinámico equilibrio de la relación también demanda una licencia bilateral para dedicarnos —con la mayor libertad y respeto— a descubrir la forma más nutritiva y gratificante en la que podemos cuidar el uno del otro con suma amabilidad.

El denominador común de los buenos amigos es que no trasgreden el ABC de la sana convivencia. Se cuidan de no criticarse y cuando lo hacen, procuran hacerlo con respeto y moderación. Tampoco reclaman insistentemente por aquellas cosas que les desagradan. Además, optan por alejarse para evitar el tóxico juego del reclamo.

Con los amigos no funciona quejarse. La queja es como una banda elástica que, de mucho tensarla, termina por reventarse. Si sabemos que las personas quejosas son rechazadas hasta por otros quejosos, ¿por qué creemos que nuestra pareja tiene la obligación de soportar nuestras quejas constantes?

La mayoría de las parejas insatisfechas recurren a la comunicación defensiva para mantenerse en relaciones condenadas al fracaso por la violación sistemática de los tres preceptos mencionados. Producir un diálogo transparente y nutritivo requiere que las partes no necesiten imperiosamente ser aceptados y reconocidos.

Las personas autodesestimadas evitan los temas espinosos creyendo que comunicar sus verdaderos pensamientos y sentimientos ponen en riesgo la permanencia de su relación. Sin embargo, esa incomodidad cumple una misión tan inexorable como insustituible: sacar a la superficie nuestra oscuridad.

La vida consiste en adaptarnos a nuevas situaciones constantemente. Muchas veces no nos gusta, pero es inevitable. Pretender que sea «el otro» quien se adapte para no renunciar a la comodidad de lo conocido y rutinario, es lo que produce la desigualdad en un juego entre iguales.

La comunicación empática implica aprovechar las diferencias y no desperdiciar las oportunidades que nos ofrecen para mejorar, para advertir la existencia de una zona de confort que no queremos abandonar. Quedarnos en ella solo significa elegir lo conocido y allí, no se puede crecer.

Las buenas relaciones no se basan en acuerdos tácitamente impuestos por el condicionamiento cultural. Hay que renovar estos paradigmas anquilosados que solo sirven para producir frustración y para llenar los bolsillos de los abogados. Desarrollemos la entereza de acordar con nuestras parejas en términos similares a este: cada vez que algún comportamiento o actitud tuya tenga el poder de alterar mi serenidad, me comprometo a comunicártelo inmediatamente, y tú, te comprometes a no tomarlo como un ataque al personaje que has construido.

Ante cualquier tipo de perturbación, quien se siente afectado tiene la responsabilidad de comunicar proactivamente lo que sucede en su interior para trabajar cada foco de energía discordante en comunión con su pareja.

Propiciar estos escenarios nos abre un mundo de posibilidades para abonar el suelo fértil de las diferencias y descubrir en ellas el significado y propósito de cada experiencia. Hecho esto, su conversión en sabiduría queda en manos de la presencia divina que nos asiste desde el comienzo de los tiempos.

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